Derrotadores


Uno de los criterios relevantes para juzgar un buen medio para cierto fin es que nos acerque a dicho fin donde ‘acercarnos a un fin’ significa que nor garantice que, por lo menos en suficiente situaciones previsibles, alcanzaremos nuestros fines. por supuesto, no toda situación posible es suficientemente previsible y eso es lo que hace que aun muchos de nuestros mejores medios sean falibles. Pues bien, si una de estas posibilidades no previsible se actualiza, decimos que la virtud del medio ha sido derrotada y a las posibilidades no previsibles les llamaré “derrotadores”.

Esta noción de “derrotar” es una noción muy valiosa que proviene del derecho, pero recientemente ha echado raíles profundas en la filosofía, en especial en la lógica y la epistemología, aunque  podemos adoptarla y adaptarla a casos mas generales. Después de todo, la idea básica detráss de esta noción es bastante sencilla. Un derrotador es una condición suficiente para que una medida falle. Toda medida presupone que se van a satisfacer ciertas condiciones bajo las cuales dicha medida puede garantizar su éxito; si dichas condiciones no se satisfacen, es decir, si aparece un derrotador, desaparece dicha garantía – la relación entre la medida y su éxito garantizado es derrotada – y a menos que se aplique una nueva medida, en su lugar, nos queda la aleatoriedad y la suerte: si tenemos buena suerte, tendremos éxito, si no, fallaremos. Así es como se relacionan las nociones de suerte, presuposición, racionalidad, aleatoriedad, éxito, falla y derrota (de tal manera que cualquiera de ellas puede definirse a partir de las otras).

Añado la condición de “a menos que se aplique una nueva medida” porque es un fenómeno curioso, pero bien conocido que algo puede derrotar una medida para un fin y al mismo tiempo ser una nueva medida adecuada para ese mismo fin. En otras palabras, es posible que un derrotado derrote un medio que hemos usado para alcanzar un fin pero no nos deje desamparados y a merced de nuestra suerte, sino que al mismo tiempo nos provea de un nuevo medio (muchas veces, superior) para alcanzar ese mismo objetivo. Esto quedará claro una vez que vemos algunos ejemplos.
Veamos algunos ejemplos: Si estamos preparados para una inundación que nos tenga aislados por una semana y la inundación dura más, esto derrotaría la relación entre nuestra sobrevivencia y nuestra preparación. Una vez derrotada esa relación, nuestra supervivencia ya no depende de nuestra preparación. Igualmente, Mario Gómez-Torrente ha sostenido que el uso de términos vagos presupone que el contexto de uso es uno en el que no hay series soríticas, lo que significa que las series soríticas son derrotadores de la referencia  de los términos vagos. En otras palabras, poseer un concepto vago no debe entenderse en el sentido infalibilista de poseer la capacidad de, en cualquier situación, ser capaz de distinguir entre aquellos objetos que caen sobre él y aquellos que no lo hacen. En su lugar,  debe pensarse como la capacidad falible de, en situación previsibles, ser capaces de hacer dicha distinción. Por ejemplo, poseer el concepto de “montón de arena” no requiere tener la capacidad de, en cualquier situación ser capaz de distinguir un montón de arena de algo que no lo es, sino de ser capaz de hacerlo en situaciones normales, es decir, racionalmente previsibles. En este sentido, el que no seamos capaces de hacer tal distinción en, por ejemplo, una serie sortees no cuenta como evidencia de que no poseemos el concepto – o peor aún, de que el concepto sea deficiente en algún sentido – sino que sólo demuestra que somos falibles y que, por lo tanro, la herramientas que usamos para dar cuenta de la realidad también lo son.
Pensemos en los conceptos, entonces, como herramientas cuyo objetivo es la definición de una extensión a la manera en que hablamos anteriormente, por ejemplo, de las medidas en contra de los ataques a civiles a través de camiones pesados o de medidas para prepararse en caso de riesgo de inundación. Así como es racional tomar medidas como prohibir la circulación de automóviles y colocar bloques de hormigón alrededor de las calles donde se esperan se junten multitudes, aunque sabemos que las medidas podrían evitar ciertos ataques, pero no todos, así también es racional usar conceptos vagos para hacer diferencias en una dimensión a sabiendas que podemos usarlos para definir una extensión en ciertos contextos, pero no en todos. En otras palabras, sabemos que podemos usar la palabra“alto, por ejemplo, para distinguir grupos de personas por su altura, aun cuando sabemos que hay situaciones en las que no nos servirá para dicho fin. Por ejemplo, si en la circunstancia hay una serie sorítica (es decir, entre cualquier par de personas A y B existe una serie de otras personas P1, P2, … Pn tales que A=P1, B=Pn y la diferencia de altura entre todo par secuencial de personas Pk Pk+1 (para todo k entre 1 y n) es tan pequeña que sería absurdo sostener que una es alta y la otra no) entonces nuestra capacidad para usar una descripción como “los altos” para referir a un grupo definido de personas en la situación queda derrotado (Gómez-Torrente 2010). 
En epistemología, los derrotadores muchas veces se manifiestan como información nueva que nos hace darnos cuenta de que las razones que teníamos para creer algo no eran tan buenas como creíamos. Un ejemplo muy simple es enterarse de alguien que es un mentiroso. Al hacerlo, ya no podemos seguir creyendo lo que nos había dicho, aun cuando antes de enterarnos, estaba completamente justificado que creyéramos lo que nos había dicho. Igualmente, si tras dar un vistazo rápido al estacionamiento de nuestro trabajo reconocemos el coche de una de nuestras colegas e inferimos de ello que vino a trabajar este día, nuestra creencia está justificada. Pero si luego nos enteramos de que otro de nuestros colegas se compró un coche del mismo color y modelo que el de nuestra otra colega, las razones que teníamos para creer que vino a trabajar dejan de ser suficientes para darnos justificación. En general, los ejemplos típicos de inferencias no monofónicas son todos casos en los que teníamos suficientes razones para sostener algo y luego, tener mas información hace que la información que teníamos antes deje de ser suficiente para la justificación.
Casos curiosos son aquellos en los que la nueva información derrota las razones que teníamos pero, al mismo tiempo, nos da nuevas razones para creer lo que ya creíamos. Supongamos que un amigo nos invita al cine. Quedamos de vernos en la entrada del cine, y cuando llegamos, nuestro amigo ya está esperándonos. Tras saludarnos, nos invita a que entremos, dirigiéndonos hacia la entrada a la sala, y lejos de las taquillas. Esta información nos da buenas bases para creer que nuestro amigo ya tiene boletos y que, por lo tanto, ya podemos entrar a la sala. Nuestra creencia está justificada. Sin embargo, camino a la entrad de la sala vemos un letrero que nos informa que la entrada es libre y los boletos no son necesarios. Nuestra antigua justificación para pensar que ya podíamos entrar a la sala queda derrotada, pero sorpresivamente no dejamos de estar justificados en creer lo ya que la información que recibimos del letrero no sólo derrota nuestra antigua justificación, sino que también sirve para justificar nuestra creencia. Derrota la justificación anterior, pero en cierto sentido, se pone en su lugar como nueva justificación.
Es importante remarcar que la derrota no necesariamente elimina aquello que nos justificaba, sino que hace que deje de justificarnos. Recordemos que la justificación es altamente contextual, es decir, que el que cierta información, evidencia o razones sean suficientes para estar justificados en creer algo depende sustancialmente en nuestras circunstancias, si estas circunstancias cambian, lo que antes era suficiente puede ya no serlo. No es que nuestras razones previas desaparezcan, sino que dejan de proveernos de justificación.


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